Después de la abolición de la esclavitud en 1848, los amos de la isla Guadalupe y de la isla Martinica habían sido indemnizados por la “pérdida” de sus esclavos y habían conservado sus tierras. Los descendientes de los colonos, los békés, constituyen hoy la mayor parte de la clase dominante. En Martinica, mientras que éstos sólo representan un 1% de la población, siguen almacenando el 52% de las tierras agrícolas, controlando el 40% de la gran distribución y poseyendo el 20% del PIB.

En 2009, el 18 % de la población de Guadalupe vivía por debajo del umbral de la pobreza. La isla contaba también con 24 000 personas con una renta mínima de inserción, o lo que es lo mismo un 7,5% de la población, mientras que el paro golpeaba a cerca del 30% de la población, tres veces más que en Francia. Las primeras víctimas de esta situación social catastrófica, el 50% de la juventud estaba sin empleo. Pero en 2009 como hoy, esta miseria contrasta con una minoría de las familias adineradas que vivían en ciudades lujosas: esto es lo que hace que algunos digan que en la isla reina un “apartheid tranquilo”.

De hecho, apenas se encuentran descendientes de african@s o de indi@s entre los patrones y entre los directivos, salvo como pudo explicarlo durante el movimiento Elie Domota, representante de la Unión general de los trabajadores de Guadalupe (UGTG): “dos o tres que son jefes de servicio en el INEM, o en la administración para gestionar la renta mínima de inserción o la CMU (cobertura enfermedad universal). Es decir, todo lo que tiene que ver con la miseria”. Durante la reunión de los patrones guadalupeños del 1 de febrero de 2009, las fotos tomadas por la prensa confirmaron esto: sólo se podían ver a békés y a representantes de las grandes sociedades franceses o europeas con presencia en la isla.

Ese grupo de capitalistas controla casi toda la economía de las islas. Es a la vez importador, distribuidor y propietario de toda la gran distribución, y de una parte de la pequeña y mediana distribución. Evidentemente, fija los precios como le parece, y éstos son elevadísimos. La mayoría de la actividad económica se basa de hecho en la comercialización de los productos importados, mientras que hay poca producción para satisfacer las necesidades de la población.

Esta situación fue nombrada por los y las guadalupeñas la “pwofitasyon”. Miseria y discriminación para las clases trabajadoras, opulencia para los privilegiados: esa condición de colonia no oficial hizo que la situación fuese cada más explosiva.

El carburante de la revuelta

En 2006, las Antillas vivieron una sucesión de luchas y de huelgas que siguieron durante el 2007. Esas luchas duraron a veces mucho tiempo, como la huelga en Danone que duró más de un año. En Guadalupe, las huelgas llegaron también a la Universidad Antillas-Guayana, la AFPA, a la comarca de las Abymes, a la empresa que gestiona el abastecimiento del agua, a la fábrica de azúcar de Gardel así como al centro de formación de los aprendices. En lo que se refiere a Martinica, hubo movilizaciones y huelgas en el casino Plazza Batelière, en Mercedes, en el Club Med así como en lo que se refiere al sector del transporte del petróleo.

Si una parte de esas huelgas fueron defensivas, en la mayoría de los casos se trataba de luchas por el aumento de los salarios y por la mejora de las condiciones de trabajo. Locales o parciales, esas luchas se desarrollaron de manera dispersa pero eran la demostración de la combatividad de l@s trabajador@s. Una combatividad que fue reforzada por algunas victorias. Los últimos meses del año 2008 fueron marcados por el disparo de los precios de la gasolina y de diversos productos de primera necesidad, en un contexto en el que permanecía el estado de ánimo por la lucha de los años anteriores.

En las 4 islas de ultramar, los precios de los carburantes eran fijados de forma opaca por los “préfets” (representantes del Estado francés: delegados de gobierno). En Guadalupe, en Martinica y en Guayana, la sociedad anónima de la Refinería de las Antillas (SARA) es la que asegura el abastecimiento. El disparo de los precios provocó escenas de protesta: en primer lugar en La Reunión, dónde el 6 de noviembre de 2008, los camioneros, los conductores de ambulancia y los taxistas levantaron barreras y cortaron las carreteras. En 5 días, se cerró un acuerdo que consistía en una disminución de 10 céntimos para los automovilistas y de 20 céntimos para los profesionales.

El movimiento siguió en Guayana 15 días más tarde dónde el litro de súper sin plomo 95 era 62 céntimos más caro que en la metrópoli (Francia) y seguía en aumento, mientras que los precios del barril bajaban a nivel mundial. Pero esta vez, la movilización tuvo un carácter popular con la participación de la población en los cortes de carretera y con enfrentamientos entre jóvenes y CRS (antidisturbios) en Cayena. Al cabo de dos semanas, el gobierno concedió una bajada de 50 céntimos.

En Guadalupe, en diciembre de 2008, pequeños empresarios se pusieron en movimiento. Ampliamente apoyados por las clases populares, consiguieron, después de 3 meses de cortes de carreteras, una disminución de 30 céntimos. Sin embargo, el hecho de que el Consejo general se hiciera cargo de esa disminución o lo que es lo mismo, los propios contribuyentes, provocó la indignación. Mientras que los beneficios de la empresa Total alcanzaban cifras espectaculares, su filial SARA iba a recibir 3 millones de euros por parte de las instituciones locales…

Respondiendo positivamente al llamamiento realizado por la UGTG, 31 organizaciones decidieron no conformarse con eso, convocando una jornada de movilización el día 16 de diciembre para reclamar una nueva disminución de los carburantes sumándole a esa reivindicación la cuestión del problema de la carestía de la vida y de los bajos salarios ya que efectivamente no sólo la gasolina costaba cara. La rabia que iba en aumento se expresó de manera muy clara: 6000 manifestantes salieron a la calle en Pointe-à-Pitre.

Eso provocó que se convocase una nueva manifestación para el día siguiente en Basse-Terre, frente a la “préfecture” (delegación del gobierno): más de 4 000 personas respondieron a dicho llamamiento. Una delegación pidió ser recibida, pero el “préfet” (delegado de gobierno) dijo que estaba ocupado…ya que debía participar en la celebración del árbol de Navidad de los/as hijos/as de los empleados de la delegación de gobierno. El desprecio era absoluto. Las organizaciones que convocaron la manifestación optaron por seguir con la movilización y llamaron a una huelga indefinida desde el 20 de enero de 2009. Día tras día, las 31 organizaciones vieron cómo se sumaban nuevas organizaciones hasta alcanzar la cifra de 48.

Cuando la unidad sirve para la acción: el LKP

Así es como se creó el “Lyannaj kont pwofitasyon” (LKP, alianza contra la sobreexplotación). Ese colectivo reagrupaba a todos los sindicatos – UGTG, CGT de Guadalupe (CGTG), Central de los trabajadores unidos (CTU), FO, FSU, SUD, CFDT, UNSA –, pero también a organizaciones políticas, uniones profesionales (camioneros, pescadores, artesanos) y asociaciones culturales muy populares entre los jóvenes. Sólo fueron excluidos del LKP los partidos institucionales con representación en los parlamentos de Guadalupe y de Francia. Los sindicatos de trabajador@s nutrieron al movimiento de sus principales militantes y de su dirección; en primer lugar, la UGTG, el sindicato mayoritario, de clase y a favor de la independencia de Guadalupe y cuya popularidad está ligada ante todo a su combatividad.

El LKP elaboró una lista de 160 medidas de urgencia que ilustraba su diversidad. Pero una parte de las reivindicaciones fueron consideradas como prioritarias: las que tenían que ver con el aumento inmediato de los salarios – de al menos 200 euros para los salarios más bajos hasta 1,6 veces el salario mínimo interprofesional – de las pensiones y de las prestaciones sociales básicas, la contratación de trabajador@s precari@s, la disminución de los precios de los carburantes, de los productos de primera necesidad y de los alquileres, y la devolución de los tres millones depositado a SARA por medio de las instituciones territoriales. Muchas otras reivindicaciones trataban el conjunto de los problemas sociales y económicos.

La unidad alcanzada en Guadalupe no tiene nada que ver con lo que conocemos nosotros aquí. El LKP es incluso la antítesis de la “unidad” sindical a la que estamos acostumbrados y cuya unidad sirve para dispersar y para escalonar las movilizaciones a lo largo del tiempo, y para contener la combatividad obrera mientras que los jefes sindicales siguen con su lógica del “diálogo social”. Esa diferencia se explica por la relación real que existe entre los dirigentes sindicales guadalupeños y las clases populares.

Elie Domota, secretario general de la UGTG, era conocido por haber dirigido varias huelgas. En cuanto a Jean-Marie Nomertin, representante de la CGTG, era conocido por el papel que desempeñó en la gran huelga del sector del plátano en 1997. Por otro lado, marcado por el anticolonialismo, el movimiento sindical de la isla se distingue por su ausencia de relaciones con el aparato del Estado y por el mantenimiento de la referencia a la huelga general como horizonte estratégico de las principales organizaciones.

Desde la crisis y el declive del Partido comunista guadalupeño a partir de los años 1960, los sindicatos ya no están bajo la influencia de una burocracia capaz de jugar un papel de freno en las luchas. No es casual que militantes revolucionarios estén a la cabeza de la CGTG (Jean-Marie Nomertin, miembro de Combate obrero, ligado a Lucha Obrera (LO) y de la CTU (Alex Lollia, miembro de Cercasol, cercano al NPA).

La huelga, el arma de l@s trabajador@s

El LKP no llamó sólo a la huelga indefinida, estaba también muy decidido a desarrollar el movimiento. Para ello, organizó una campaña de mítines en las principales ciudades de Guadalupe. El trabajo de agitación a favor de la huelga por toda la isla permitió, a la vez que se explicaba a l@s trabajador@s y a las clases populares las razones del llamamiento del LKP, medir su implicación para la lucha. La importante afluencia en los mítines – que congregaban a centenares de personas – y la entusiasta acogida de los mismos, fueron señales claramente positivas.

La preparación de una huelga, y más aún de una huelga general, debe ir acompañada inevitablemente de debates tácticos esenciales. Uno de los debates más vivos entre militantes fue el que tenía que ver con los cortes de carreteras. En efecto, estos tenían como objetivo impedir que l@s trabajador@s pudieran llegar a sus centros de trabajo pero también se corría el riesgo de que dificultaran la posibilidad de evaluar el nivel de movilización e implicación así como el desarrollo de la auto actividad de l@s huelguistas.

El LKP prefirió la organización de piquetes de huelga y la visita de huelguistas, empresa por empresa, para ayudar a extender el movimiento: una práctica que llevaron a cabo anteriormente l@s esclav@s y el recién nacido movimiento obrero y que denominaban huelga “marchante” que podríamos traducir por huelga “andante”.

De cierta manera, podemos decir que el movimiento se inició el día antes de la fecha prevista: en efecto, el 19 de enero, l@s asalariad@s de las gasolineras se pusieron en huelga y ocuparon sus centros de trabajo, mientras que sus jefes habían cerrado las gasolineras desde hacía tres días para defender sus propias reivindicaciones. A la mañana siguiente, la huelga fue un éxito rotundo. En el sector público como en el privado, los piquetes se organizaron: hostelería, construcción, eléctricas, INEM, etc. En muchas empresas y servicios públicos, la huelga se hizo total con mucha rapidez. En Pointe-à-Pitre, el desplazamiento de los huelguistas para atraer a otros trabajadores se transformó en un desfile de 10 000 personas que no había sido previsto.

L@s trabajador@s que se sumaban a la lucha forzaron incluso el cierre de las empresas de la gran distribución cuyos precios eran prohibitivos. Fue la lucha en cada centro de trabajo la que dio al movimiento su fuerza, pero sin ningún tipo de duda, no se trataba de una suma de movilizaciones: la huelga era verdaderamente general. Y ese movimiento de huelga arrastró a las demás capas de las clases populares. Numeros@s parad@s, amas de casa, jubilad@s, se sumaron a las manifestaciones que congregaban a muchísima gente. Se podía equiparar a 10 millones de manifestantes en la metrópoli (Francia).

Negociaciones que refuerzan la movilización

El hecho de que el miedo empezara a cambiar de bando permitió al LKP imponer que las negociaciones se llevasen a cabo con todos los protagonistas: delegado de gobierno, presidentes de parlamentos regional y provincial, parlamentarios y representantes de la patronal. Se logró imponer también que éstas fuesen retransmitidas en directo por televisión, cosa que no tardaron en lamentar tanto la administración gubernamental como la patronal.

Por último, cuando la gendarmería bloqueó la manifestación de 20000 personas que acompañaba a la delegación que iba a negociar, Domota consiguió que el delegado de gobierno cediera amenazando con no participar, el LKP, a la sesión de negociación. Durante 4 días, manifestaciones de masas acompañaron por tanto a la delegación hasta las puertas del sitio donde tuvieron lugar las sesiones de negociación. Del 24 al 28 de enero, en la mesa de negociación y por televisión y por radio, los representantes del LKP pusieron en entredicho, en nombre de la clase trabajadora y de la población pobre, la autoridad y la legitimidad de los de arriba. Con seriedad, los dirigentes obreros demostraron a toda la población la justeza de sus reivindicaciones.

Frente a ellos, la deshonestidad de la patronal y la actitud arrogante de algunos de los cargos públicos como Victorin Lurel – presidente del Partido Socialista de la región – eran más que evidentes, así como el hecho de que el delegado de gobierno sólo estuviese buscando ganar tiempo. La delegación usó también las sesiones de negociación como de una tribuna: Domota explicó hasta qué punto la opresión de clase y la opresión colonial estaban ligadas, mientras que Nomertin se levantaba para denunciar los chanchullos de SARA y para arengar a los manifestantes que los estaban viendo por televisión.

Cuando el 28 de enero, es decir después de 8 días de huelga, el delegado de gobierno rompió con las negociaciones, la retransmisión por televisión de las mismas había contribuido ampliamente a que la movilización y la politización de l@s huelguistas se profundizara. Guadalupe estaba entonces paralizada. El 30 de enero, se estimaba entre 40 000 y 80 0000 el número de manifestantes por toda la isla, que cuenta con poco más de 440 000 habitantes. Algunas personas habían hecho hasta 15 kilómetros a pie para manifestarse, ya que ya no quedaba gasolina desde hacía 11 días. Por todas partes la gente cantaba: “Gwadloup sé tan nou, Gwadloup sé pa ta yo” (Guadalupe es nuestra, no es de ellos).

El “bik” (sitio de encuentro, en criollo) en el que se encontraba la sede del LKP, en el barrio de la Mutualité, se había convertido en el punto de encuentro de l@s trabajador@s en lucha y de todos los sectores de la población que deseaban movilizarse. Cada noche se llevaban a cabo, allí, mítines con hasta 6000 participantes. Yves Jégo, secretario de Estado encargado de ultramar, se desplazó hasta allí el 31 de enero. Se retomaron las negociaciones el 4 de marzo, pero esta vez a puertas cerradas.

Bajo la presión de la movilización, Jégo tuvo que conceder una disminución significativa del precio del carburante. Y durante la noche del 7 al 8 de febrero, mientras que la patronal (MEDEF) seguía empecinada, el propio secretario de Estado propuso un aumento de los salarios más bajos, de 200 euros financiado a mitad por el Estado y el resto por los patrones y por las instituciones territoriales. Pero en el momento de firmar el acuerdo, el emisario del gobierno se había vuelto a ir… ya que acababa de ser desautorizado por el primer ministro François Fillon.

El miedo al contagio de la revuelta

Lo que asustaba a los patrones békés y a sus políticos era que un acuerdo en Guadalupe pudiera contagiar la lucha de l@s asalariad@s de las demás islas e incluso en Francia. En Martinica, los sindicatos unidos entorno al Kolektif sink févriyé (K5F) reivindicaban un aumento de los salarios en más de 300 euros, la disminución de los precios de los productos de primera necesidad y la contratación de l@s precari@s.

El 5 de febrero, más de 15 000 personas se manifestaron; la huelga siguió y se amplió rápidamente: desde las gasolineras hasta las guarderías, desde Chronopost a las eléctricas, y desde las empresas de las zonas de Lamentin, de los Mangles o de Ducos. A principios de marzo, los békés intentaron llevar a cabo una demostración de fuerza haciendo converger hacia Fort-de-France un convoy anti huelga compuesto de grandes máquinas agrícolas… que acabaron por retroceder al vérselas con los jóvenes de los barrios populares. L@s trabajador@s de Martinica seguían con atención el desarrollo de los acontecimientos de Guadalupe, y sabiendo perfectamente que los adversarios contra los que se estaban enfrentando eran los mismos explotadores. La huelga general en Martinica duró 38 días.

Sin embargo, en La Reunión, dónde las reivindicaciones eran similares, la huelga general no tuvo lugar a pesar de la rabia popular y de las condiciones objetivas. El Colectivo de organizaciones sindicales, políticas y asociativas de La Reunión (COSPAR) hizo un llamamiento a la huelga el 5 de marzo. El COSPAR sólo utilizo ese plazo de 20 días para organizar acciones simbólicas, realizadas sin la participación de l@s asalariad@s.

El 5 de marzo, 30 000 trabajador@s se manifestaron, pero el COSPAR sólo llamó a la huelga indefinida a partir del 10 de marzo, y no propuso ninguna perspectiva a l@s 15000 trabajador@s allí congregadas. Demasiado tardías, demasiado espaciadas en el tiempo y sin voluntad por parte del COSPAR de ir hasta el final, las movilizaciones no podían extenderse ni generalizarse.

En Francia, 1 millón de jóvenes y trabajador@s ocuparon las calles con motivo de la jornada de lucha interprofesional del 29 de enero. Sin embargo, los jefes de las confederaciones sindicales no expresaron en ningún momento un apoyo expreso a la huelga general de Guadalupe, ni trataron de importarla a la metrópoli.

Después de mucho dudar, de tergiversaciones y de palabrería con el presidente Sarkozy, acabaron por darle una perspectiva a esa jornada de lucha…pero 2 meses más tarde, sin poner encima de la mesa las reivindicaciones que habrían podido unificar las luchas. Sin embargo, el enfado y la rabia existían y se expresaban por medio de conflictos dispersos en sectores como los del automóvil, los hospitales, Correos y en empresas amenazadas por el cierre. Una estrategia así sólo podía acabar por desmovilizar a la clase trabajadora.

El movimiento se endurece: cortes y represión

En Guadalupe, el gobierno cambió de táctica y apostó por alargar el conflicto y por la intensificación de la represión en contra de los/as huelguistas. Los batallones de gendarmes y de CRS (antidisturbios) recién llegados de Francia en aviones fueron especialmente violentos. El LKP hizo un llamamiento a endurecer el movimiento: “El país debe ser totalmente bloqueado. Haced cortes en todos sitios, en todas las carreteras, nada debe funcionar”.

A partir del 16 de febrero, se hicieron cortes en todas las carreteras de Guadalupe con chapas de coches, piedras muy grandes, diversos materiales recuperados en los vertederos, etc. Esos cortes permitieron a la población hacerse con un aspecto importante de la lucha, controlar y decidir ella misma de la actitud a tener con la policía, al tener que decidir quién puede o no pasar, del abastecimiento, etc. Los obstáculos que conformaban los cortes de Gosier, donde se reagruparon centenares de manifestantes, estaban instalados en más de un kilómetro de carretera.

Desde el primer día, la población sufrió los gases lacrimógenos y los golpes de porras de la policía. Detenciones brutales y abiertamente racistas sobre militantes a los que denominaban “sucios negros”: Lollia, el representante de la CTU, tuvo que ser hospitalizado después de haber sido duramente apaleado. Pero las barricadas de los cortes desmantelados fueron rápidamente reconstruidas. A pesar de la reapertura de las gasolineras y de los supermercados bajo protección policial, la huelga se mantuvo firme.

Durante varias noches, la juventud desfavorecida se enfrentó a la policía, que disparaba balas reales. El 18 de febrero, Jacques Bino, militante de la CGTG y del movimiento cultural Akiyo, fue asesinado por bala – en circunstancias que permanecen a día de hoy oscuras – regresando a su domicilio después de un mitin. El 22 de febrero, el LKP y miles de personas le rindieron homenaje.

El acuerdo Bino y el fin de la huelga

A la mañana siguiente de los obsequios de Bino, se retomaron las negociaciones en presencia de dos mediadores enviados por el gobierno, sobre la base de los últimos avances conseguidos antes de la de que Jégo regresara a París. Al mismo tiempo, las autoridades multiplicaron los intentos por debilitar la movilización. El movimiento, con su huelga andante y sus piquetes, permanecía fuerte y lo demostraron durante manifestaciones o acciones cuyo objetivo era cerrar tiendas y la zona industrial de Jarry.

El 26 de febrero, el acuerdo Bino, por el nombre del sindicalista asesinado, fue firmado. Dicho acuerdo se basaba en el aumento de 200 euros para l@s trabajador@s que cobrasen hasta 1,4 veces el SMI. Si algunas organizaciones de la patronal se opusieron a firmar dicho acuerdo no fue el caso del MEDEF (equivalente a la CEOE), que representaba a las más grandes empresas y a los intereses de las grandes familias de patrones békés como Hayot o Despointes. Sin embargo, fueron el estado y las instituciones territoriales las que tuvieron que asumir la mayor parte del aumento durante 3 años: lo que rechazaba la gran patronal era que una lucha obrera ofensiva les obligase a ceder.

El 4 de marzo, un acuerdo general de 165 puntos (bajada de precios, congelación de los alquileres, etc.) fue firmado, poniendo fin a la huelga del 20 de enero. Pero en numerosas empresas, la huelga siguió para conseguir que se aplicase el acuerdo Bino: en las plantaciones de plátanos, en Orange, en el comercio y la hostelería, en Correos, en la central térmica del Moule, etc. A mediados de abril, 50 000 asalariad@s (de un total de 80 000) consiguieron que su patrón firmase el acuerdo, cuando sólo eran 17 000 el 26 de febrero.

Si el papel del LKP fue fundamental en la preparación y en la organización del movimiento, la huelga general que duró 44 días se explica en primer lugar por el impulso y la determinación de l@s propi@s trabajador@s. A lo largo de su lucha, no llegaron a formular de manera consciente el objetivo de acabar con el dominio de la patronal sobre la economía y la sociedad así como con el poder de los capitalistas contra los que se enfrentaron. Pero su principal logro fue conseguir poner en práctica la huelga general, conseguir volver a descubrir la potencia de un movimiento de este tipo y la fuerza de la clase obrera, capaz de arrastrar masivamente con ella a todas las capas populares hasta la victoria.