Se acaba 2020, un año marcado sin lugar a dudas por la pandemia de la Covid-19, la cual ha recaído una vez más sobre la clase trabajadora internacional e incluso con más virulencia, si cabe, sobre la población en situación de exclusión social que no ha dejado de aumentar desde la crisis económica de 2008.

Sin embargo, a pesar de las enormes dificultades que ha supuesto la pandemia a la hora de hacerse presente en los espacios públicos para reivindicar derechos y libertades, este también ha sido un año marcado por las protestas en todos los continentes. Desde Argelia, hasta Corea del Sur, pasando por los EEUU, Chile o Francia, la pandemia no ha hecho otra cosa que agravar las crisis de régimen que brotan como setas en cualquier rincón del planeta. La situación de crisis permanente, que tantas veces exponemos, en la que se encuentra el capitalismo en su fase actual, especial e ininterrumpidamente en Europa desde la década de 1970, se ha vuelto a hacer patente de una manera paradigmática durante el actual año 2020.

En el estado español a principios de año, aún antes de la pandemia del Covid-19, los indicadores de paro, exclusión social, desahucios, etcétera, nos mostraban claramente que las condiciones de vida de la mayoría aún seguían siendo peores que antes de la crisis económica desencadenada en 2008 y ya en enero de 2020 las propias instituciones y autoridades financieras internacionales anunciaban un horizonte económico plagado de nubarrones y amenazaban con una nueva recesión económica. Bastó la chispa de una emergencia sanitaria, cuyas raíces no son ajenas a las políticas de desmantelamiento de los servicios públicos de salud, para desencadenar un caos económico internacional que amenaza con destruir de golpe millones de puestos de trabajo en todo el mundo en los próximos meses y que vuelve a poner de relieve la inestabilidad innata de este sistema.

Pero además esta nueva crisis también nos ha revelado la incapacidad del sistema para anteponer la salud, la seguridad y en definitiva las vida de las personas y su entorno natural a los pingües beneficios privados de unos pocos. Esos pocos, precisamente, que con cada crisis aumentan su riqueza y poder al mismo ritmo al que se reduce el propio número de privilegiados en proporción a la población mundial. Es decir, cada nueva crisis económica supone una nueva vuelta de tuerca sobre, el de por sí, incesante aumento de las desigualdades y de la concentración de las riquezas.

Frente a las teorías conspirativas que achacan todo suceso con relevancia política o económica al detallado plan de una maléfica inteligencia o institución todopoderosa, desde el análisis marxista comprendemos la inherente explosividad del capitalismo así como lo caótico de su cotidianeidad, como no podría ser de otra forma en un sistema cimentado sobre la explotación de una clase por otra y la competencia dentro de la propia clase dominante. Pero además comprobamos una y otra vez cómo ciertos sectores capitalistas de entre los más influyentes aprovechan cualquier coyuntura social, para imponer su agenda política que, no es otra que: la desvalorización de la fuerza de trabajo, la privatización de todos los sectores públicos con cierta rentabilidad; el saqueo de los recursos naturales de toda índole y la reversión de cualquier conquista democrática, de derechos y libertades de las mayorías trabajadoras.

Frente a esta agenda de la barbarie que las mayorías trabajadoras tenemos la responsabilidad histórica de ofrecer una alternativa capaz de superar el modo de producción capitalista. Las condiciones objetivas no pueden estar más maduras. La FAO reconoce que se producen alimentos para aproximadamente unos 12.000 millones de personas, a la vez que señala que más 800 millones de personas padecen el hambre a pesar de que no llegamos ni a 8.000 millones de habitantes en nuestro planeta. El capitalismo, progresivo en cuanto al desarrollo de las fuerzas productivas en su primer periodo histórico, (un desarrollo que evidentemente no fue idílico sino que se asentó en el expolio y la explotación como no podía ser de otra forma) hace ya más de 100 años que se encuentra enfangado en su fase imperialista de huida hacia delante.

Si en este 2020 se han revelado con meridiana claridad los elementos de barbarie con los que convivimos bajo el eje capitalista, también se nos han presentado los estallidos sociales que se revelan frente a esa barbarie con una determinación y fuerza que alienta a nuestros espíritus combativos y nos sacude la apatía de un plumazo para volver a gritar con toda la rabia, que la partida sigue abierta y que aún no hemos dicho la última palabra.