Hace unas semanas, más de un millar de estudiantes de secundaria y de universidad se movilizó delante del ministerio de la Transición ecológica de Francia. Desde hace varias semanas también, en Suiza, Bélgica, Canadá, Australia, decenas de miles de jóvenes han hecho huelga para exigir a sus gobiernos el respecto por el acuerdo de París, firmado durante la COP21 en 2015.

Sus acuerdos sólo son hipocresía

Este otoño, la prensa mundial se felicitó de las conclusiones de la COP24. Los altos funcionarios del mundo entero han debatido sobre el cambio climático con los principales accionarios de las multinacionales de la energía, enemigas mortales del planeta. Evidentemente, ninguna decisión consecuente fue tomada en ese escenario. No es la primera vez que un paripé parecido tiene lugar. A finales del 2015, durante la COP21, los mismos se alegraban del acuerdo de París, que incitaban a los gobiernos a limitar los gases de efecto invernadero con el fin de mantener el cambio climático por debajo de 1,5°C de aquí a 2100. A día de hoy, ese compromiso no se está llevando a cabo.

Tomemos el ejemplo de Francia, que se comprometió en reducir esas emisiones en un 40% de aquí a 2030 y que las ha visto aumentar en 1,7% entre 2016 y 2017. Según el último informe del GIEC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático), si las emisiones actuales de la economía mundial no se redujeran, sobrepasaríamos los 1,5°C de aquí a unos 12 años. Ese mismo documento establece que un calentamiento de 2°C amenaza a 10 millones de personas más debido a la subida de los océanos. Esto conllevaría, además, un aumento de oleadas de calor, ciclones, lluvias torrenciales y desapariciones de numerosas especies animales, entre tantas otras catástrofes.

Nuestro planeta, nuestras vidas, la vida, valen más que sus beneficios

A diferencia de lo que dicen muchas voces bienpensantes de la ideología dominante, esta catástrofe que está en marcha no es responsabilidad del ser humano en su totalidad. Efectivamente, es responsabilidad de los capitalistas y de sus gobiernos, que utilizan el desarrollo técnico no para salvar a la humanidad sino para aumentar sus beneficios. De ese modo, han apostado por el desarrollo extraordinario del transporte de mercancías con el fin de vender mejor sus productos en el mercado mundial, por la explotación de las energías fósiles y de las nucleares para rentabilizar la producción energética, por la deforestación masiva para permitir la explotación agroalimentaria…

Los políticos que apelan a que hagamos unos pequeños gestos individuales para salvar el planeta economizando agua, electricidad o consumiendo de tal o cual forma, saben que eso no puede acabar siendo el elemento determinante, y sólo lo hacen para aliviar a los verdaderos responsables de la crisis climática, que acumulan beneficios gracias a la organización económica actual. Ya que efectivamente la verdadera causante de este hecho no es otro que la organización de la producción y de su distribución, con su despilfarro de energía y de recursos.

La lucha permanente que llevan a cabo entre sí los grupos capitalistas en competencia para ganar mercados, provocan así la multiplicación absurda de desplazamientos – a veces intercontinentales – de mercancías, únicamente debido a razones comerciales.

¡Hay que expropiar a los que contaminan!

Este sistema no es para nada compatible con las necesidades del medio ambiente y del planeta. Los beneficios de los capitalistas, razón de ser de este sistema, disminuirían si medidas serias fuesen tomadas y por ello la rechazan. Para ello, el derrocamiento de las clases dominantes es indispensable; la revolución es la única carta que tenemos en la mano para salvar nuestro porvenir.

Debemos buscar a expropiar a los principales sectores de la economía, empezando por la finanza, la energía, los transportes y la agricultura. Para salvar el planeta, los y las trabajadoras y la población deben tomar el control de los medios de producción, deben arrancar a las grandes fortunas el poder de decisión que tienen sobre la industria y ponerlo bajo nuestro control y planificación. De ese modo, la lucha por la justicia ecológica y la justicia social deben ir de la mano. Para detener la catástrofe social y ecológica que la burguesía provoca, hay que movilizarse y salir a la calle.