El capitalismo es un sistema criminal, en el que las vidas de una determinada clase social, l@ trabajador@s, valen poco o nada al lado de los beneficios de su clase antagónica, los capitalistas. La pandemia ha permitido sacar a la luz la verdadera cara de este sistema de explotación, desnudar con brutal sinceridad como funciona esta sociedad. No importa que arriesguemos nuestra salud cada día con tal de mantener la maquinaria de la producción capitalista en marcha, no importa si vivimos o no pues solo somos elementos prescindibles si se trata de que los empresarios ganen más y más dinero.

Pero la crisis del coronavirus no ha producido los males del capitalismo, pues ya los lleva de serie, sino que los agrava y pone de relieve una realidad que sufren millones de personas en el mundo. Y uno de los grandes triunfos de los capitalistas es que la miseria y sufrimiento que ellos generan se normalicen, se hagan algo tan cotidiano que no pensemos en otra posibilidad y que nos inmunicemos frente al padecimiento ajeno, en parte aliviados por no estar en esa posición más vulnerable y en parte obcecados por nuestra propia ración diaria de angustias y preocupaciones. Así ocurre, por ejemplo, en los alrededores de Plaza Elíptica, en el barrio de Usera en Madrid donde cada jornada desde las 6 de la mañana decenas de trabajador@s esperan conseguir un trabajo por días en el mejor de los casos, que les permita sobrevivir otro.

Los pequeños empresarios los que más sufren… o no

Así, como Russel Crowe en la película “Cinderella man”, est@s trabajador@s se agolpan ante furgonetas de las que alguien salen gritando que necesita un peón para una obra o para hacer una mudanza, rivalizando entre ellos por ser elegidos. El “empleador” ofrece un salario, que va desde los 20 a los 60 euros, sabedor de que la necesidad empuja a competir a l@s trabajador@s entre sí en una subasta a la baja para ser escogidos. Sin saber que lejos los llevaran, una vez acabado el trabajo tienen que buscarse la vida para volver a su casa o de nuevo a ofrecerse para otro trabajo.

Y el salario, todo en negro por supuesto, tampoco es algo seguro ya que no es raro que el pago final sea menor del acordado o que el contratista desaparezca sin darles nada, pues no hay constancia de ningún tipo. Sin contrato, con la certeza de que en caso de accidente ningún seguro le cubrirá ni su jefe le pagará al no cumplir con la faena, de que es poco probable que lo lleven a un centro de salud y que cada día que esté impedido no podrá trabajar y, por lo tanto, no tendrá ningún ingreso, est@s trabajador@s deben realizar tareas exigentes a destajo sin pensar en el desgaste físico y mental del mañana.

Para acepten acceder a estas condiciones sacadas de los libros de texto sobre el siglo XIX, la necesidad y la vulnerabilidad son el denominador común. Mayoritariamente jóvenes; inmigrantes sin papeles de origen latino y subsahariano principalmente, trabajador@s a los que chantajear con denunciarlos para que los deporten; sumisos por el miedo a dejar de trabajar permanentemente si se corre la voz de que dan problemas y aislad@s entre ellos por verse como adversarios para llevar el pan a casa, son una fuente casi inagotable de mano de obra barata para muchos pequeños empresarios. Una opción más que apetecible para que la llamada pequeña burguesía siga creyendo que pueden enriquecerse lo suficiente como para alcanzar la primera división de los capitalistas en la ilusión del libre mercado en el caso de los más optimistas. Otros se conforman con mantener unos beneficios que permitan sobrevivir sus empresas lo suficiente para no tener que convertirse en simples asalariados, es decir, para no bajar de condición social y mantener sus mezquinos privilegios a costa de lo que sea.

Como señalábamos al principio, la crisis del Covid ha agravado todos los males del capitalismo y en el caso de estos jornaleros urbanos, también está siendo así. Además de los riesgos evidentes para la salud por trabajar en condiciones con cero protección frente al virus, la crisis económica ha hecho que las condiciones sean más leoninas si cabe. Menos trabajos de este tipo y cada vez más trabajador@s sin empleo ha subido la oferta de mano de obra y ha bajado la demanda de ella por parte de los empresarios. El resultado son salarios todavía más bajos y una competencia más feroz entre la clase obrera, lo que supone mas individualismo y menor capacidad de resistencia ante los abusos.

Desterrar la barbarie capitalista

Decía en 2015 María José Jiménez, candidata al Congreso por Podemos en Salamanca, en plena campaña electoral sobre los pequeños empresarios que “defenderlos es defender el empleo y además son los que sostienen el país con su trabajo. No son las grandes empresas como nos quieren hacer ver, son los trabajadores (sic) más humildes que con su trabajo y sus contrataciones levantan España”. Esta cita es reveladora porque demuestra que para el reformismo la cuestión de la división social entre empresarios, sea cual sea su nivel de capital, y la clase trabajadora es asumida como algo natural y con lo que hay que convivir, además de abogar de forma velada por una colaboración entre clases contra los grandes empresarios sin resolver la cuestión fundamental de que los unos explotan también a los otros sin compasión, tal y como hemos visto.

No podemos, por tanto, tener ninguna ilusión en que el gobierno de PSOE y UP den soluciones reales a los problemas que sufren la clase trabajadora, sino parches de cara a la galería toda vez que no están dispuestos a enfrentar las contradicciones de clase. Esta labor por tanto, debe recaer en aquellos que defendemos nuestros intereses de clase obrera. Es necesario trabajar conjuntamente por un plan de urgencia social que en este caso de los jornaleros urbanos debería recoger entre otras medidas la regularización inmediata de toda la población inmigrante, un subsidio de desempleo garantizado a través de imposiciones a las empresas y grandes fortunas, el reparto del trabajo y el aumento de los salarios al nivel de vida, el aumento de las pensiones sobre todo las no contributivas para cubrir los años de trabajo en negro y la persecución real de la economía sumergida, nacionalizando bajo control de l@s trabajador@s las empresas de los sectores fundamentales.

Para imponer estas medidas las instituciones han demostrado su incapacidad manifiesta, es imprescindible, por lo tanto, hacerlo con nuestras armas de lucha: la huelga y la movilización. Para que sean efectivas no queda otra que todas las organizaciones y sectores que luchan aunemos esfuerzos y planteemos un plan conjunto y coordinado, que ponga encima de la mesa que frente a la barbarie del capitalismo hay otro tipo de sociedad, y que esta es posible porque a pesar de que nuestra clase sufra los abusos más inimaginables sobre sus hombros, l@s trabajador@s siguen teniendo la llave para cambiarlo todo y desterrar estos capítulos de violencia capitalista a los libros de historia de una vez por todas.