“Fascism” en inglés, “faschismus” en alemán, “fascismo” sin intermediación tanto en español como portugués: hace 100 años, en una irrelevante pequeña habitación que albergaba el vivac de un reducido manípulo, era acuñada una de las dos palabras que el italiano del siglo XX regalaría al vocabulario de otros países, de nuevo en la boca más de sus detractores que de quienes la blanden, y al mismo tiempo empleada sin demasiado rigor.

Fue el 23 de marzo de 1919 cuando nacieron los Fascios de Combate italiano. Un solo hombre al mando: Benito Mussolini, un veterano ex combatiente, un pendenciero maestro de escuela primaria y periodista aficionado. Revolucionario de vocación y además de profesión. Sus instrucciones fueron seguidas por un exiguo cortejo de intrépidos socialistas revolucionarios, futuristas y pequeño-burgueses asustados. Cien hombres, ni uno más.
Mussolini era de matriz socialista soreliana, sabía que una élite preparada para cualquier cosa, especialmente si se le llama al choque con una política agotada y una masa débil, podía llegar muy lejos. Y consideró a esa masa “femenina” (con la misma consideración que a una mujer que no está acostumbrada a ver otra cosa que no sea el aspecto erótico-reproductivo). En cuanto a la política exhausta, cansada y agotada era la dominante de aquella época, y el sueño de la política genera monstruos.

El teatro de la llegada al mundo de tal movimiento, que contribuiría activamente a las peores destrucciones de la historia de la humanidad, fue una sala del Círculo para los intereses industriales y comerciales de Milán, ubicada en la Plaza Sansepolcro. Aquí Mussolini, adelantándose a una definición que el político antifascista Piero Gobetti daría de él, actuó como obstetra de la historia. Esa misma historia que, otra vez utilizando acertadamente las palabras de Gobetti, “sin saber cómo entenderla, la interpretó para los mitos”. Y los mitos Mussolini, ese día, los tomó para dirigirse a las y los trabajadores italianos.

La mitopoética del Duce era limitada, pero efectiva, desarticulada, pero incisiva. Desprovista de cualquier atisbo de verdad y, por consiguiente, mucho más creíble para quienes rechazaron el mundo moderno tal como se iba perfilando después de la Primera Guerra Mundial. No fue por tanto casualidad que esos doscientos oídos se levantaran al unísono en la Plaza Sansepolcro, escuchándole hablar de la victoria mutilada, de la Italia humillada, de traiciones perpetradas y las conspiraciones de democracias extranjeras.

La culpa, inevitablemente, fue la debilidad de los moribundos partidos burguesas italianos. En otras palabras, de la clase dominante posterior al Risorgimento que aún creía que podía manejar el país. Empezando por la monarquía. Porque el Mussolini que nunca tocará un pelo al rey y concluirá los Pactos de Letrán, como es conocido, en la Plaza Sansepolcro se declara auténticamente anticlerical y republicano. Pero si en ambos casos tendrá la oportunidad de cambiar de opinión, un pasaje del discurso de ese día lo mantendrá fiel hasta el último día.

“Hoy no se funda un partido, sino que toma impulso un movimiento. En todo caso, se crea el Antipartido, porque el fascismo es una realidad de vida”. Promesa cumplida. Incluso el Partido Nacional Fascista, cuando nazca, será todo menos que un partido real, sino un movimiento dirigido y volcado, paradoja de todo régimen, a la sofocante estabilización de pensamientos y comportamientos de la clase dirigente.

En definitiva, el fascismo acaba de nacer y ya sabemos de dónde viene y adónde va. Basta con darse cuenta. El problema es que esta voluntad no existe, porque en Milán e Italia, el buen sentido dio paso al sentido común. El verdadero peligro, real, que piensan todos empezando por los industriales que reciben entusiastas a Mussolini y sus seguidores esa mañana, solo puede venir de la izquierda, del socialismo.

Todavía no ha explotado el Bienio rojo pero los primeros síntomas se empiezan a notar. A mediados de febrero, una masiva manifestación de socialistas marchó pacíficamente a través de Milán. Y Mussolini comenta, desde las columnas del “Siglo de Italia”: “Debemos luchar contra la bestia que regresa”. En solo unas pocas semanas, los muertos ya están en las calles: cuatro, en el asalto a la sede del periódico “Avanti!”

Es precisamente este agitado temor al “peligro rojo” el que atormenta a la burguesía, a los terratenientes y la clase media urbana, y el que desencadena a quien está dispuesto a cabalgar en el tigre del reduccionismo frustrado y el futurismo imaginativo.

Mussolini no tiene muchas tropas, pero sí mucho olfato. Esto es suficiente, incluso si la prueba inmediata de la democracia lo traiciona. De hecho es 1919 el año del sufragio universal masculino y la primera ley electoral proporcional. No es suficiente que los Fascios de Combate se presenten con un programa social-revolucionario (abolición del senado, participación de l@s trabajador@s en la gestión de fábricas y servicios públicos, nacionalización de las fábricas de armas) pues están entre los últimos de las urnas.

Aquí tiene lugar el último paso de la transformación: luchar en 2 mesas a la vez, la electoral y la revolucionaria. Se sabe tanto que será la segunda en dar los mejores resultados, ante un parlamentarismo agotado. El veto del rey Víctor Manuela a la proclamación del estado de sitio, el 28 de octubre del 22, es la confirmación del discurso de Sansepolcro. Mussolini veía lejos. Fin de la historia.

Artículo del periodista italiano Nicola Graziani en el periódico digital Agi.it