“¡Un cálido saludo a los y las camaradas de toda Asia! Me alegra mucho la invitación a introducir la situación política de Hong Kong, así como la China continental, y mi punto de vista sobre la Asia Comunal como un proyecto teórico radical”

Hace 10 años, un gran movimiento masivo estalló en Hong Kong en contra de enmiendas aprobadas por el gobierno en la Ley de Extradición, así como por las elecciones democráticas. Durante los seis meses que duró el movimiento anti Ley de Extradición, tuvimos 2 marchas de más de 2 millones de personas, un golpe político relativamente exitoso, y enfrentamientos callejeros de varios tamaños.

Este movimiento de masas terminó por parar, y el gobierno chino pasó por encima del de Hong Kong para aprobar la Ley de Seguridad Nacional (LSN) a finales de junio del año pasado.

En los 15 meses que siguieron a la implementación de la LSN, las cosas se han puesto feas en Hong Kong. Más de 10000 personas han sido arrestadas por participar en el movimiento contra esta ley de hace 2 años, y más de 2500 han pasado por procesos. Al mismo tiempo, unas 100 personas han sido arrestadas por infringir la LSN, miembros de grupos de oposición y manifestantes. 

Varias organizaciones civiles y políticas del bando opositor, incluidos el Frente por los Derechos Humanos Civiles, la Confederación de Sindicatos de Hong Kong (una coalición sindical pro democracia), el Sindicato Profesional de Profesores (el mayor de Hong Kong) y la Alianza de Hong Kong (una coalición de Hong Kong en apoyo a los movimientos pro democracia en China) han anunciado su disolución.

Durante muchos años nuestra posición ha sudo que, para ganar la democracia y la autonomía de Hong Kong, necesitamos autoorganización de las masas y acciones directas como huelgas. Para ello, necesitamos combinar las demandas de democracia política con las demandas sociales y económicas anticapitalistas; necesitamos expresar solidaridad con las luchas de trabajador@s y campesin@s de la China continental por sus derechos, así como ligar las fuerzas progresistas de Hong Kong con las de la China continental.

Ligar la futura democracia de Hong Kong a América u otros países imperialistas occidentales solo la convertirá en una herramienta geopolítica en la lucha entre China y el propio imperialismo occidental. Por tanto, me opongo a la independencia de Hong Kong, y todavía más me opongo a la cooperación con el imperialismo occidental, a la esperanza de que ese imperialismo traerá libertad a Hong Kong.

En gran medida, el futuro de la democracia en Hong Kong depende de si hay  algún estallido de crisis económica o social en China. Si el poder burocrático no se debilita, entonces Hong Kong está ante un periodo sombrío, uno incluso más difícil que el de ahora. Sin embargo, el sistema capitalista global, incluso en China o el imperialismo occidental, está en crisis. La crisis china está fermentando.

Una de las características más importantes de la crisis económica mundial que dio inicio en 2008 es que se ha combinado no solo con una profunda crisis política y social, sino también con una crisis ecológica. Si no se trata esta crisis de una manera auténticamente socialista, es probable que lleve al mundo a una catástrofe y depresión tan longevas y serias como las de los año 30. China pronto será cogida en este vórtice global. El llamado “ascenso de China”, “modelo de China” y “acuerdo de Pekin” son de hecho los viejos caminos seguidos por el capitalismo monopolista moderno.

Reconocemos que cuando el Partido Comunista Chino (PCCh) tomó el poder del Kuomintang (KMT) en 1949, romper con la dominación del Imperialismo Occidental, y erradicar a los terratenientes y capitalistas como clase social, fue un gran avance. Pero estos logros no fueron lo mismo que establecer un sistema socialista. Un sistema de propiedad estatal no era lo mismo que el socialismo. Hacía falta una democracia de l@s obrer@s.

La izquierda socialista entendió la China de entonces como una estado obrero burocráticamente degenerado, justo en el grado en el que el régimen burocrático PCCh  ha liquidado los terratenientes y a los burgueses, y ha establecido un sistema de propiedad poseída por el estado y economía planificada que es esencial para la dictadura del proletariado, y en ese sentido el régimen del PCCh  ha servido a la clase trabajadora, justo como en el ejemplo del estado degenerado soviético (el régimen estalinista) se mantuvo un sistema de propiedad del estado y economía planificada. Estos estados obreros degenerados pueden ser definidos como estados obreros meramente funcionales.

En los 80 la “política de reforma y puertas abiertas” primariamente designada por Deng Xiaoping se ha vuelto progresivamente ampliada en alcance y profundizada en contenido, de tal manera que la economía planificada ya no se veía protegida y promovida por el estado, sino progresivamente debilitada y finalmente destruida. Mientras tanto, se ha permitido que firmas capitalistas reaparezcan y disfruten de una cada vez mayor connivencia y apoyo gubernamental.

En este punto, la cuestión de “a quién sirve el Estado” se convierte en una gran pregunta. El sendero arriba descrito se siguió hasta el final de los 80, cuando se volvió cristalino que la función del estado ya no era la protección y promoción de una propiedad estatal y una economía planificada, sino más bien la preparación de una restauración capitalista. Por tanto, ahora la Izquierda Socialista debería haber sentido el hecho de que China ya no es un Estado Obrero, sino uno burgués.

A pesar de que las Empresas de Propiedad Estatal (EPE) todavía suponen una gran proporción de la economía china, estas han abandonado la postura de economía planificada. Han adoptado definitivamente una forma de funcionamiento “orientada al mercado”, de producción por beneficio y las EPEs se han vuelto una economía de estado capitalista, esencialmente parte de una economía capitalista, más que una parte de una economía no-(post)- capitalista.

En la escena doméstica, de acuerdo con la definición clásica marxista, China se ha convertido en un estado imperialista, queriendo esto decir el gobierno del capital monopolístico. En términos de la naturaleza de clase del estado, China no es fundamentalmente diferente de los estados imperialistas de occidente. Lo que es especial sobre China es un capitalismo burocrático, o también un capitalismo de partido estatal. Este modelo de capitalismo de estado, por un lado, facilita la corrupción y la apropiación de la propiedad estatal por parte de la burocracia, por otro, permite mayor control económico que el neoliberalismo típico. Este modelo de capitalismo de estado solo beneficia a los burócratas y capitalistas, mientras explota y oprime mucho más a la clase trabajadora.

En la escena internacional, China ya no representa a las fuerzas antiimperialistas, tampoco las anticapitalistas. Más bien se ha convertido en un competidor, tardío pero poderoso, entre los países dependientes del tercer mundo. China se ha convertido en una hegemonía regional en Asia a través de sus exportaciones de capital a través de la Iniciativa Franja y Ruta y la expansión militar.

Todas las cosas horribles de la sociedad capitalista son ahora particularmente visibles en China. De hecho, el reparto de beneficios del trabajo ha bajado sustancialmente desde mediados de los 90 hasta finales de los 2000. El primer ministro de China, Li Keqiang, ha destacado que en China hay 600 millones de personas con un salario mensual de 1000RMB (unos 120€). Esto es más del 40% de la población. La agudización de las contradicciones ha forzado incluso a los académicos oficialistas a hacer sonar una fuerte alarma. La llamada por la justicia social está ganando fuerza. Ambas crisis, la social y la económica, se están acelerando.

Bajo la norma autoritaria y burocrática de China, la autoorganización y el diálogo abierto entre la juventud y l@s trabajador@s es muy peligrosa, casi imposible. Pero el espacio para el intercambio privado de ideas todavía existe. Más allá, hay algunos indicadores de juventudes progresistas en la China continental cada vez más interesadas en las ideas de revolución y comunismo mientras buscan una alternativa al Liberalismo y al maoísmo (estalinismo a la china). Hay incluso alguna juventud identificada con la Izquierda Socialista.

El nuevo futuro socialista de china debe ser uno en que la clase obrera organizada como un conjunto tome la hegemonía política y económica, aboliendo los privilegios de los burócratas y explotadores, y dejando a China como una verdadera República Popular. La nueva generación de juventud socialista de China y nuev@s trabajador@s sostendrán tres estandartes: Libertad Política, Igualdad Social y Poder para l@s Trabajador@s.

“Ahora mismo, es imperativo que se lleve adelante un trabajo primariamente propagandístico, preparatorio, con el que se conseguirán resultados a gran escala solo en el futuro” (El Programa de Transición). El trabajo más valioso que podemos perseguir en este momento es la tarea fundamental de diseminar las ideas de la Izquierda Socialista en la China continental. La izquierda socialista del siglo XXI incorporará teorías radicales como la mejor tradición del Marxismo Revolucionario, el Ecosocialismo y la teoría de la Reproducción Social.

Tenemos que llamar a la solidaridad de tod@s l@s trabajdor@s de Asia a través del llamado a la “Comuna Asiática”. Algun@s en la izquierda todavía mantienen una visión campista, creyendo que un régimen anti-EEUU todavía representa una fuerza progresista contra el imperialismo occidental, o incluso algo en las líneas de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Esos izquierdistas que apoyan un régimen como “antiimperialista” o rechazan criticarlo. No entienden que este tipo de régimen ya es un régimen de capital burocrático en contra de l@s trabajador@s.

También olvidan que en la izquierda estamos interesad@s en perseguir un punto de vista político enraizado en el antiimperialismo y el internacionalismo, luchando por la solidaridad de la clase trabajadora y los pueblos oprimidos entre diferentes bloques capitalistas. Por tanto, solo la unidad de la masa trabajadora de toda Asia podría de manera efectiva contrarrestar la competencia económica y geopolítica de los diferentes bloques capitalistas. Y, cuando llamemos a la “Comuna Asiática”, estaremos llevando adelante la tradición de la Comuna de París no por un poder estatal monolítico (aunque “antiimperialista y progresista”), sino por la autoorganización y auto emancipación de la clase obrera.