La mañana del 23 de septiembre amanecimos con la terrible noticia del fallecimiento de Adolfo Granero, militante de Izquierda Anticapitalista Revolucionaria IZAR, activista incansable y una magnífica persona. Tras muchos años de lucha contra distintos achaques, finalmente la enfermedad se lo llevó dejando un hueco muy difícil de rellenar para los y las compañeras que tuvimos la suerte de compartir espacios políticos y personales con él.

Es difícil resumir en unas frases toda una vida de entrega y dedicación a la construcción de un mundo mejor para la clase trabajadora y la mejora de sus condiciones, una clase a la que él siempre se sintió orgulloso de pertenecer. Oriundo de Madrid, hace ya años que se había visto obligado a trasladar su domicilio de la capital al sur de la península, primero en Almería y finalmente a Málaga, donde pasó su última etapa viviendo con ilusión la creación de una nueva organización llena de gente joven y con ansias revolucionarias como IZAR.

Adolfo fue, como solíamos definirle sus camaradas, un histórico de la lucha revolucionaria. Militante desde su adolescencia, fue durante su pertenencia a la antigua Liga Comunista Revolucionaria (LCR), donde sus andanzas como sindicalista empezaron a canjearle tanto el miedo de los patronos como el respeto de sus compañeros y compañeras. Tras la ruptura del partido, posterior a su fusión con el MC, comenzó a militar en Izquierda Anticapitalista (IA) hasta que la expulsión de gran parte de los y las compañeras de Andalucía le llevó a participar en la creación de IZAR. Pero esto no era todo.

Estuvo sindicado durante años en CGT desempeñando puestos de responsabilidad dentro del sindicato. Esta fue sin duda una relación de amor-odio que marcó su vida y que estuvo llena de momentos agridulces con sus alegrías y sus muchas decepciones. Como no le parecía bastante con eso, estuvo también durante más de diez años interviniendo en la Asociación Por los Derechos Humanos (APDH) y la Asociación Andaluza por la Solidaridad y la Paz (ASPA). En ellas realizó una importante labor en ayuda de los y las refugiadas, siempre del lado de los más desfavorecidos.

Entre toda esta vorágine de activismo y militancia, aún encontró tiempo para licenciarse en Historia del Arte, otra de sus grandes pasiones, y para leer cientos de libros que caían en sus manos. Adolfo era una mente inquieta dentro de un cuerpo más delicado de lo que le hubiese gustado, y aún así nunca le faltaba una sonrisa, una sonora carcajada, o unas palabras de aliento para quien estuviese junto a él.

Convencido como estaba de que sólo la lucha activa en las calles y los espacios donde se reunía la clase trabajadora eran el camino para elevar las conciencias, hasta muy poco tiempo antes del fatal desenlace estuvo interviniendo en diversos espacios y dejando una indeleble impronta en ellos y en las personas que allí se organizaban. Si Adolfo encontraba a una sola persona que creía poder acercar a la lucha revolucionaria, se volcaba por acompañarle y hacerle más grata su experiencia. Parafraseando a dos de sus antiguos compañeros de la LCR, “Adolfo siempre estaba, nunca fallaba.”

Tenía una absoluta certeza de que había que dejar paso y oportunidades a la juventud debido a que, como él decía, los y las mayores iban perdiendo audacia -o valentía- con los años, y sin embargo nunca dejó de sorprendernos por su anchura de miras y la lucidez de su brillante mente. Siempre nos dio la oportunidad de equivocarnos aun cuando su opinión difería de la de la mayoría, siempre nos animó a intervenir sin complejos aunque pensáramos que no estábamos a la altura.

Su manera de relativizar y su capacidad de analizar las distintas situaciones fueron algunas de las lecciones que quiso enseñarnos, así como la disciplina revolucionaria, tema éste que en más de una ocasión le hizo refunfuñar pero que en seguida olvidaba cuando nos veía salir a la calle luciendo orgullosxs las banderas y pancartas de IZAR. En una ocasión alguien muy cercano a él nos dijo que los últimos años en Málaga le habían devuelto un poco de esa vida que obcecadamente pugnaba por escapársele casi sin tregua, y hoy por hoy nos resulta difícil imaginar un honor más grande que ese.

Adolfo Granero (Ataúlfo como le llamábamos a veces para provocarle esa sonrisa socarrona que tanto nos motivaba) merecía sin duda el acto que sus compañeros y compañeras quisimos organizar como homenaje a su recuerdo unos días después de su muerte. A él acudieron personas desde muchos rincones del estado para dedicarle un último adiós que sin duda él no hubiese querido pero que se merecía con creces a pesar de todo. Y es que quizás el acto era más para ayudarnos a nosotros y nosotras, sus camaradas, a hacernos a la idea de su ausencia que para él, que rehuía el protagonismo siempre que lo consideraba posible.

Nunca olvidaremos su coraje, su perseverancia, su inmenso convencimiento de la necesidad de la organización de los y las trabajadoras, su repulsa hacia la burocratización de las organizaciones, sus avanzadas ideas en torno a la moralidad y la libertad individuales, y su lucha incansable por vivir pero no de cualquier manera, sino en un mundo en el que no existieran las clases sociales ni las desigualdades.

Siempre que pensemos en él oiremos de fondo algún swing y le imaginaremos dando desgarbados pasos de baile mientras conectaba el proyector para culturizarnos con alguna película o documental sobre la historia de la humanidad y sus guerras por el poder.

Camarada Adolfo, este “insigne ya que no glorioso” grupo de personas que conforman IZAR te decimos hasta luego, que adiós suena a demasiado tiempo y las tropas no pueden andar bajas de moral si queremos acabar la tarea que dejaste encaminada pero aún muy lejana.

Que la tierra te sea leve, compañero, prometemos mantener vivas las calles en tu ausencia y la revolución permanente en nuestros corazones.