El pasado 1 de mayo la realidad nos golpeó en la cara recordándonos por qué había que seguir quemando calle en el día de l@s trabajador@s: la muerte de Artyk Orozaliev, un repartidor de Yandex Eda por ataque al corazón en San Petersburgo mientras trabajaba tras 10 horas seguidas pedaleando provocaba la indignación en las redes sociales por el trato que la compañía rusa daba a sus riders. Entre esa noticia y la muerte de un repartidor de Glovo en Barcelona, Pujan Koirala, inmigrante nepalí de 22 años sin contrato, atropellado el 25 de mayo (una bofetada aún más fuerte de realidad) ha pasado menos de un mes.

Entre el fragor de los resultados municipales y autonómicos de las pasadas elecciones, la muerte de un trabajador parecía que iba a apagarse entre los titulares de prensa como el humo de una colilla en un cenicero, pero al menos sus compañer@s pusieron el grito en el cielo: un centenar de repartidor@s se concentraron los días siguientes, convocad@s por Riders X derechos, frente a las oficinas de Glovo quemando varias mochilas amarillas en las que llevan sus pedidos. En el mismo día que la OMS reconocía el síndrome del “trabajador quemado” o “burnout”, el fuego servía de metáfora para señalar la temperatura de las condiciones laborales de l@s riders.

Que Pujan Koirala fuera inmigrante sin contrato no es una excepción. Como denunció CGT Barcelona, una gran parte de los riders son trabajador@s irregulares que alquilan cuentas a otr@s repartidor@s para poder trabajar y sobrevivir, con una situación de desprotección y precariedad mucho mayor. Y a este hecho se agarraron desde la empresa para desentenderse del “accidente de tráfico” mortal, como lo calificaron en un aséptico comunicado, y afirmar miserablemente que el trabajador muerto no era de los suyos.

Ultraprecariedad, una inseguridad diaria además de una inédita explotación laboral son las 3 cadenas que se dan y atan la mano de l@s jóvenes que se acercan a estas empresas de reparto, las representantes de la gig economy, el llamado “capitalismo colaborativo” que les obliga a pedalear entre 60 y 80 kilómetros diarios si quieren llegar a fin de mes. A pesar de lo escandaloso de la muerte de Pujan, es la nº 14 en un año, según denuncian sus trabajador@s, la que ha sacado finalmente las vergüenzas a Glovo sobre la explotación laboral en el mundo de plataformas digitales de reparto: la figura del falso autónomo.

En una reciente entrevista que no tiene desperdicio, Sacha Michaud, uno de los cofundadores de Glovo, no tiene reparos en decir que el beneficio no sería el mismo con los costes laborales que supondrían las prestaciones sociales para sus riders: “Si doy más beneficios a la flota, les perjudicaría porque se consideraría la relación laboral”. Las plataformas millenial se defienden asegurando que su modelo no obliga sino que ofrece “flexibilidad” a jóvenes estudiantes que combinan trabajos. Sin embargo no detallan que sus trabajador@s deben ser socios y pagar por el uso de la aplicación 2 euros cada 15 días.

Mientras que este modelo laboral neo-esclavista está siendo cuestionado en los últimos meses por el Ministerio de Trabajo, obligando a las plataformas a que den de alta a sus riders como trabajador@s por cuenta ajena, por otro lado Deliveroo y Glovo niegan estos días que sus repartidores sufran condiciones precarias y aseguran con insolente descaro que algun@s de ell@s facturan entre ambas plataformas hasta 100.000 euros, como defendió el abogado de Deliveroo en el juicio iniciado en Madrid el 3 de junio.

El sueldo medio de un rider de Glovo que trabaja 27 horas semanales a duras penas alcanza es los 1.100 euros mensuales, alrededor de 4,5 euros el pedido. El repartidor tiene que aportar el vehículo y sus reparaciones, el móvil con contrato y la mochila, que le compra a la empresa. El sueldo de un trabajador de Deliveroo y Glovo depende de la recepción de un pedido, más los pluses de lluvia y de distancia recorrida, que no superan los 0,30 céntimos de euro o los 0,05 céntimos por cada minuto de espera.

La autoorganización desde estas “lanzaderas de emprendimiento”, en las que el sindicalismo convencional no llega, se hace esencial. A la flagrante ausencia de formación y prevención de riesgos laborales y de reconocimiento médico, la imposibilidad de organizarse en secciones sindicales y dar la pelea es una situación de la que se aprovechan muy conscientemente para horadar más aún en las condiciones de precariedad de l@s riders. Las primeras experiencias de huelga, como las de hace 2 años de Deliveroo y de octubre pasado de Glovo, ambas en Barcelona, además de otros paros en Málaga, Zaragoza y Madrid, han sido decisivas.

Ser colaborador de Deliveroo, Glovo, Ubereats y Stuart es muy sencillo: sólo requiere buena adaptación a la autoexplotación, bicicleta, móvil y la mejor de tus sonrisas. La lucha de ls trabajador@s de la “mensajería colaborativa” no es de l@s riders, sino de toda la clase trabajadora. A sabiendas que entre esta relación supuestamente libre entre plataformas y trabajador@s independientes se esconde la negación de su condición de asalariad@s y de los derechos de quienes realizan este trabajo…y el riesgo a morir atropellado por desfallecimiento.