La crisis capitalista internacional ha tenido profundas recaídas en Argelia. El capitalismo argelino se basó en la exportación de gas y petróleo. La renta petrolífera ha engordado durante años al régimen nacionalista, nacido de las raíces del viejo Frente de Liberación Nacional. Nutrió sus ramificaciones clientelares y su aparato estatal, en particular los privilegios de las jerarquías militares, y también aseguró al régimen durante mucho tiempo el apoyo de la clase media urbana, gracias a donaciones y subsidios. Fue apoyo decisivo en la confrontación frontal política y militar con el fundamentalismo islámico en los años 90.

Por la misma razón, la caída en el precio del petróleo, vinculada a la crisis internacional, ha cortado la hierba bajo los pies del régimen: el gasto social y asistencial han sido recortados sin que a los gobiernos les temblara el pulso. La corrupción, el nepotismo, el militarismo, aceptados durante largo tiempo con una resignación mal encubierta a cambio de la estabilidad social, se han hecho cada vez más insoportables a los ojos de grandes sectores de masas de la población urbana.

El surgimiento de las revueltas árabes en 2010-2011, que barrieron a Ben Ali y Mubarak, salvaron por el contrario a Bouteflika. La contrarrevolución en Egipto apagó rápidamente la potencialidad de contagio de la Plaza Tahrir en Argelia. La trágica deriva confesional y reaccionaria de la revolución siria, después de 2014, contribuyó al mantenimiento del régimen laico argelino: nada más comprensible en un país marcado en los años 90 por el terrorismo yihadista. De ahí el respeto de la burguesía internacional elogiando la estabilidad argelina como un ejemplo virtuoso en la nación árabe. Pero esta estabilidad tenía lugar al mismo tiempo que sus bases materiales se debilitaban. La explosión social de las últimas semanas es su resultado.

Todavía es prematuro presentar un cierto pronóstico sobre la dinámica en curso tras la renuncia de Bouteflika cediendo a las presiones militares, pero sus características están bien definidas. La movilización no ha sido la expresión de un proceso gradual de ascenso. Ha tenido las características de un giro brusco, de una explosión social concentrada y radical. Después de más de dos semanas de amplias movilizaciones populares para exigir su salida y una renovación de la clase política, el presidente argelino renunció a la reelección el 11 de marzo, aplazando las elecciones del 18 de abril y anunciando una reforma del sistema político y de la Constitución.

El anuncio de la presentación a un nuevo mandato de un presidente decrépito, símbolo provocativo del conservadurismo en un país joven, fue el detonante el 22 de febrero. Las manifestaciones masivas tomaron grandes proporciones en pocos días, a pesar de la censura de las televisiones del régimen: un millón de personas salieron a las calles agitando la bandera nacional verde y banca con una estrella roja, según datos policiales, número impresionante. Las reivindicaciones centrales eran, además de la salida de Bouteflika (“¡Hagamos caer al títere y su mafia!”), de naturaleza democrática (justicia, dignidad, democracia).

La movilización fue impulsada por l@s estudiantes, en su gran mayoría desemplead@s, y la intelectualidad de las profesiones libres (abogados, periodistas), pero se extendió rápidamente a los estratos obreros de las ciudades. Igualmente importante es la presencia de mujeres: la primera manifestación contra Bouteflika se llevó a cabo en Orán, la segunda ciudad del país, promovida por un grupo de mujeres. La clase obrera argelina aún no ha hecho una entrada significativa en la escena, a diferencia de lo que sucedió en Túnez y Egipto, pero la brecha que se abrió con las manifestaciones masivas podría arrastrarla, como lo demuestra la adhesión a las protestas de algunos sectores de la UGTA, el mayor sindicato de país.

Las fuerzas opositoras islamistas están al margen. Otras fuerzas opositoras, amortiguadoras y protectoras del régimen, son ridiculizadas por la explosión contraria a Bouteflika. El muro de la censura de los medios de comunicación no ha podido mantenerse y la represión militar es un arma de doble filo: puede contar con la lealtad de los oficiales superiores, comprometidos con la continuidad d su papel dentro del estado y corruptos, pero no necesariamente con la tropa.

No ha sido suficiente derrocar a Bouteflika, como no lo fue derrocar a Ben Ali y Mubarak. Las pocas organizaciones de izquierda contrarias al régimen se han convencido de ello y la UGTA llama a una gran huelga general que unifique los paros sectoriales. Es necesario vincular las demandas democráticas de la rebelión masiva a un programa de ruptura con el imperialismo y la burguesía argelina: repudiar la deuda argelina con las potencias imperialistas, nacionalizar las empresas imperialistas en Argelia, nacionalizar los bancos y negociar con en el extranjero. Sin estas medidas no puede haber un verdadero avance para l@s trabajador@s argelin@s y las masas populares.