De sobra es conocida la conflictividad laboral en Euskal Herria con huelgas contra las reformas laborales de PSOE y PP con amplio seguimiento desde los 80. Más recientemente en los últimos años, fueron l@s pensionistas de Bilbao quienes declararon la guerra a Rajoy, el Pacto de Toledo y su subalternidad a los pactos de CCOO-UGT, con concentraciones multitudinarias semanales, extendiendo a nivel estatal coordinadoras. Tampoco fue en absoluto desdeñable la huelga de las organizaciones sindicales vascas del 30 enero de 2020, la única contra el gobierno PSOE-UP, por la derogación íntegra de la reforma laboral.

La idiosincrasia y su mayoría en importantes sectores de ELA y LAB ha permitido ganar, entre una miríada de conflictos estos años, las huelgas de Tubacex y el Guggenheim, de las que hicimos seguimiento, convirtiéndose sus siglas en un verdadero dolor de cabeza para el PNV y la patronal vasca (que tanto monta, monta tanto). Por eso no extraña nada que las combativas trabajadoras de residencias de Vizcaya convoquen varias jornadas de huelga trimestrales y que 3 días de huelga del metal, 27 y 28 de octubre y 2 de noviembre, hayan tenido su impacto.

El objetivo de estos paros dirigidos a más de 52000 trabajador@s vizcaín@s, muy fácilmente reconducibles conocida la postura inamovible de la Federación Vizcaína de Empresas del Metal (FVEM), es presionar para que el convenio recoja subidas salariales acordes con la subida del IPC para los 3 años de vigencia. El martes 25 de octubre la mesa negociadora quedó bloqueada al rechazar la patronal la propuesta salarial de CCOO, ELA y LAB, que sigue sin garantizar a día de hoy el poder adquisitivo de l@s trabajador@s del metal.

L@s trabajador@s del metal secundaron estos días de huelga en un 85%, que se elevó hasta el 95% en la comarca de Durango, con importantes piquetes y barricadas cortando las principales entradas a Bilbao y el área metropolitana. A pesar de que la patronal vizcaína rebaja las cifras hasta un 27%, sólo basta este dato para cuantificar el daño causado a la producción: la planta de Mercedes Benz de Vitoria anunció el viernes 28 una semana de cierre debido a los problemas de suministro, que imposibilitaba trabajar a los sectores de montaje y pintura. Empresas como Arteche, Tecuni, Bombardier, Vicinay, Estampaciones Bizkaia, Grupo Cie o DYF no produjeron y las subcontratas de Petronor también estuvieron paradas.

La unidad sindical oficializada por CCOO, LAB, UGT, ESK, CGT y CNT, únicamente rota por ELA el 2 de noviembre, enviaron un mensaje claro a la FVEM: “No va a haber normalidad hasta que se firme un convenio digno en el metal vizcaíno”. Anunciaron en el balance del primer paro más días de huelga si no se ponían contenidos en la mesa negociadora: “Las fábricas se seguirán vaciando, la producción se seguirá parando y las calles se seguirá llenando”, denunciado la connivencia del lehendakari con la patronal y la elevada presencia policial en las entradas de las fábricas, como en Rheinmetall, a cuya planta no pudo acceder el comité de huelga.

¿Es posible imaginar el resultado de una unidad sindical y una determinación tales en otros sectores de trabajador@s fuera de la provincia de Vizcaya, para hacer frente a la angustiosa carestía del precio de la vida y la contención salarial predica la CEOE? Necesitamos pasar de imaginar más allá de Euskal Herria este tipo de paros combativos y ejemplares, que ponen una fecha de huelga antes de sentarse a negociar, a construirlos en todos los puntos del Estado desde abajo, en asambleas, con la solidaridad efectiva y la acción consciente de trabajador@s que solo creen en su fuerza como clase.